Miguel Milá

Exposición 16.09.03 | 15.10.03

Quizá no lo sepamos: pero vivimos, nos movemos, circulamos, charlamos o descansamos entre un sinfín de objetos proyectados por Miquel Milà. Algunas de las farolas y de los maceteros, y muchos de los distintos bancos (que invitan a formar animados corros al sol) que los arquitectos y los urbanistas distribuyen, curiosamente al tresbolillo, por las calles y plazas de Barcelona y de tantas ciudades españolas (como los del recién restaurado jardín del Palau Robert); así como la mayoría de los vagones, blancos y grises, del metro de la ciudad, son suyos.

Su relación con la arquitectura y los espacios público y privado viene de lejos. Empezó estudios de arquitectura. Ha practicado y practica el interiorismo; proyecta stands y montajes de exposiciones. En ocasiones, ha colaborado con los arquitectos Alfons Milà (su hermano) y Frederic Correa. Su escalera de caracol, un hito en el interiorismo a mediados de los setenta, favoreció que, de pronto, las casas se las afueras crecieran un piso. Sus chimeneas metálicas negras, de formas geométricas puras; las múltiples versiones de una lámpara de pie —originariamente pensada para su tía Nuria, a finales de los cincuenta—, que se enciende simplemente tirando del cordón; sillas de caña o de poliéster; paragüeros que son, al tiempo, ceniceros; lámparas de techo (la célebre lámpara «Globo») y de mesa, mesas plegables, cubiertos de plástico, etc., ayudaron a que un aire renovado, entre Cadaqués y el Ampurdán, ventilara los interiores de las casas españolas.

Hace años, Miquel Milà decía que hacía diseño industrial sin saberlo. Actúa más bien como un artesano. Su bien más preciado es una antigua caja de herramientas. Su taller, una mesa para serrar, pegar, ensamblar. Él mismo construye los prototipos. Busca soluciones técnicas sencillas que faciliten el uso de los objetos. Objetos prácticos, cercanos, hechos para una vida al alcance de la mano que, desde finales de los años cincuenta, han cambiado nuestras costumbres y nuestra manera de ver el mundo que nos rodea.


Pedro Azara